Soy Julieta Carranza, tengo 42 años, mama de dos hijas, Martina y Catalina

Y les cuento quien soy en una breve historia, que creo que resume un poco lo que es mi vida emprendedora. 

A mis 10 años sentí que necesitaba aprender más sobre este mundo “pasteleril”, ya sabía que era lo que quería, pero que solo lo iba a encontrar si lo buscaba. Así fue como me atrinchere en la puerta del centro vecinal de mi barrio para convencer a la profesora del curso de pastelería para adultos que estaba iniciando, que me dejara formar parte. 

Obviamente me dijo que no, necesitaba un requisito fundamental, ser adulta, me dijo muchas, muchas veces que no podía, le pedí por favor a mi mama que hablara ella y le dijera que yo podía hacerlo, “que sabía mucho por mi abuela”, pero no funciono, pase días, varias clases mirando por la ventana, viendo como horneaban y decoraban, el tiempo pasaba y yo miraba desde afuera.

Pensé que iba a perder mi única oportunidad solo por tener 10 años pero sabía con seguridad que podía hacerlo, lo sentía en lo más profundo de mi alma. Porque cocinaba al lado de mi abuela Juana desde que tengo uso de razón. Trepada a una silla sentía que podía hacer cualquier cosa a su lado. Y lo hacíamos.

Tanto insistí que comencé el curso cuando ya llevaba dos meses. No solo que lo termine, sino que me permitió hacer mi propio proyecto final, un oso panda tallado y decorado con manga y glasé real. Lo tuve en un modular en mi casa cual trofeo durante meses, era mi orgullo, la prueba de que yo podía. Había logrado mi objetivo, tocaba el cielo con las manos. 

Si bien después elegí estudiar otras carreras (Comunicación social, Cine y RRHH) nunca obtuve ningún título, porque no era lo que yo deseaba realmente. Mi pasión era la pastelería y por decisión propia me forme de manera autodidacta. Tenía clarísimo que cosas quería aprender, y eso en las escuelas de pastelería por aquellos tiempos (y ahora tampoco) no lo enseñaban.

Me dedique a desarrollar más aun mi curiosidad y busque por todos los medios, libros, revistas (no había tutoriales ni youtube) Leí mucho, probé mucho, tire, disfrute, llore. Pase por todos los estados. Invertí mucho tiempo, dinero, dedicación y esfuerzo para aprender lo que me interesaba.

 Ese viejo certificado, es el único “titulo” que tengo, nunca me condiciono, ni me limito al momento de intentar cumplir mi sueño, convertirlo en un proyecto y que hoy sea mi trabajo. Todo lo contrario, eso me hizo creer en mí y crear las circunstancias para ir por mi objetivo. 

Y cuando me di cuenta estaba alentando a otras personas a iniciarse en el mundo de la pastelería, estaba dando clases en mi ciudad y recibiendo alumnas de todos lados. Siendo convocada a dar clases en otros lugares, cumpliendo sueños antes de soñarlos casi. 

Porque la vida emprendedora cuando comienzas de menos 1000 es así, no tenes todo lo que quisieras, pero vas y lo buscas como sea, todos podemos lograr lo que queremos, todos! Si nos capacitamos (de la forma que sea) Con dedicación, esfuerzo y sabiendo donde vamos (aunque después las metas vayan cambiando) Y vayas acumulando fracasos, que esos suman experiencias como millas. 

Ese certificado, puede no significar nada, pero para mí es la mejor prueba de la perseverancia, no es solo un papel, es algo que no se pierde nunca, porque es experiencia, se acumula, se multiplica, se potencia, pero eso depende de donde quieras llegar.

¡El límite lo pones vos! ¡Que nadie te diga que no podes! 

Eso es lo que transmito a cada alumna que confía en mí para capacitarse. 

“La vida no fue diseñada para darte lo que necesitas, la vida fue diseñada para obtener lo que mereces” Jim Rohn.